EL AÑO DE LA CONFLUENCIA MENTE-UNIVERSO

LA TIERRA YA EMITIÓ SU VEREDICTO...


26 dic. 2009

TRISTESSA / de JACK KEROUAC





Autor de Los subterráneos, En el camino, Los vagabundos del Darma, profeta de la generación beat, Jack Kerouac solí­a escribir en rollos de teletipo para no frenar su frenético impulso creativo. A pesar del agudo comentario de Truman Capote ("eso no es literatura: es mecanografí­a"), la narrativa beat no ha perdido su intensidad en varias décadas. Kerouac nació en 1922, en Lowell, Massachussetts, y murió en 1969 en San Petersburgo, Florida. Entre sus libros, Kerouac preferí­a Doctor Sax, escrito en 1952, en "México-Tenochtitlán, antigua capital de los aztecas". Su tumba no tiene epitafio alguno. Las huellas de su vida están en sus libros.


*Las palabras en cursiva están en español en el original.


Estoy con Tristessa en un taxi, borracho, con una enorme botella de whisky Juárez que guardo en una de las bolsas de mi mochila ferrocarrilera que me acusaron de sacar de un tren en 1952... Heme aqu­í en la ciudad de México, lluviosa noche de sábado, misterios, viejos sueños de pequeñas calles innombrables por las que he caminado entre una multitud de sombrí­os Indios Vagabundos envueltos en patéticas cobijas que te hacen llorar. Al verlos me imagino brillosos cuchillos debajo de los pliegues de sus ropas... Lúgubres sueños trágicos como el de aquella noche en el viejo tren, cuando mi padre colocó sus grandes muslos en el asiento de un carro nocturno para fumadores, mientras afuera el guardafrenos con luz roja y blanca se desplazaba pesadamente por la vasta y triste niebla de las v­as de la vida... Pero ahora estoy en este valle vegetal de México; unas noches antes, en la azotea donde dormí­a, me tropecé con la luna de Citlapol cuando me dirig­ía al viejo y goteante excusado de piedra... Tristessa está drogada, bella como siempre se dirige contenta a su casa para meterse a la cama y disfrutar de su morfina.

Encantadoras ondulaciones en forma de pera ciñen la piel de Tristessa a los huesos de sus mejillas, grandes y tristes párpados, la resignación de la Virgen Marí­a, una aterciopelada complexión y unos ojos de asombroso misterio con una profunda y terrenal inexpresividad, mitad desdén, mitad lastimosa lamentación de dolor... "Estoy enferma", nos dice siempre a m­ y a Bull en la casa... Estoy en la ciudad de México, enloquecido, con el pelo desordenado, en el interior de un taxi, cerca del Cine México, atrapado en un lluvioso embotellamiento de tránsito, bebiendo grandes tragos de mi botella...

Le pago al taxista 3.33 pesos, le doy diez pidiéndole seis* de cambio, mismos que me da sin pronunciar palabra... Me gustar­a saber si Tristessa piensa que soy tan derrochador como Juan Borracho en México... pero no hay tiempo para pensar y rápidamente nos internamos en unas luminosas y pequeñas calles llenas de centellantes luces de neón y velas encendidas por los que sentados en las aceras venden montoncitos de nueces... Impetuosos, entramos en el apestoso pasillo de la vecindad donde está su cuarto de azotea. Caminamos entre llaves de agua goteando, cubetas, niños y patos bañándose. Llegamos y la puerta de acero con adobes en su interior está abierta, entramos a la cocina y la lluvia cae sobre las ramas y las tablas que forman el techo, provocando que el agua salpique sobre la basura que dejan los pollos en el húmedo rincón. Milagrosamente veo al pequeño gato rosa orinando sobre un montón de malvas y comida para pollos... Adentro, el cuarto está completamente desordenado, como si hubiera sido saqueado por unos locos. Está lleno de periódicos, de pollos picoteando arroz, de pedazos de sandwiches tirados en el piso... En la cama, enferma, tapada con una cobija rosa, está la "hermana" de Tristessa... Todo resulta tan trágico como la noche en que a Eddy le dispararon en la lluviosa calle Rusia.

Tristessa menea la cuchara que usa para calentar la morfina con un cerillo de una fábrica de calentadores. Se ve torpe y flaca. Observo sus delgados tobillos detrás de su vestido arrevesado que parece kimono, mientras se arrodilla sobre la cama como si rezara y calienta la droga en la superficie de la silla que está llena de cenizas, pasadores, algodones y material Konk, como si fuera una extraña fabricante mexicana de bilés, pestañas y afeites... Si una porción de droga de un dólar hubiera estado tirada, hubiera hecho todo menos confuso...

Me lamento tanto frente a mi vaso de jaibol que se dan cuenta que me voy a emborrachar, entonces no sólo me permiten sino que me suplican que me dé un pinchazo de morfina, cosa que acepto sin temor alguno debido a que ya estoy borracho... Meterte morfina cuando estás borracho es la peor sensación del mundo, el efecto te golpea la frente como una piedra, produciéndote un enorme dolor, afectando tu capacidad de control, de hecho anulándola... y es que el alcohol y el alcaloide se neutralizan uno al otro. Pero acepto, y tan pronto como empiezo a sentir el amenazante y ardiente efecto volteo hacia abajo y veo que la gallina quiere trabar amistad conmigo... Ella camina hacia m­ meneando el cuello, viendo mi rótula, mis manos columpiarse, acercándose con reservas... Coloco mi mano en su pico incitándola a que me pique para hacerle ver que no le tengo miedo, que confí­o en que no me va a herir... Pero ella sigue desconfiando... De pronto mira fijamente mi mano cautelosa, trémulamente, casi con ternura, por lo que retiro mi mano con una sensación de triunfo. Ella cacarea contenta, recoge animosamente algo del suelo y lo avienta... Un pedazo de hilo de lino le cuelga del pico, luego lo arroja con ­ímpetu, ve su entorno, camina alrededor de la áurea cocina del Tiempo en el grandioso fulgor Nirvánico del Sábado en la noche y todos los r­íos rugen en la lluvia...

También quiero hacer amistad con el gallo, ahora que estoy sentado en la otra silla frente a la cama. El Indio se acaba de ir con un grupo de tipos bigotudos y extraños. Uno de ellos se me quedó viendo con curiosidad, con una complaciente, orgullosa e irónica sonrisa, mientras yo sostení­a mi copa en la mano comportándome como un borracho... Me miraba delante de las damas como dándoles el ejemplo a sus amigos... Ahora, solo con las dos mujeres, me siento educadamente frente a ellas para hablar con seriedad y pasión acerca de Dios. "Mis amigos están enfermos, por eso les doy droga", me dice la hermosa Tristessa de Dolores con sus húmedos y expresivos dedos largos que bailotean pequeñas danzas indias ante mis hechizados ojos. "No me importa que mis amigos no me paguen. Porque con expresión firme me apunta con el dedo a los ojos: “mi Señor es quien me paga y me paga más... M-á-s..." Se inclina, y acelerada enfatiza "más"; lo que yo quisiera es poderle decir en español acerca de la infinita e invaluable bendición que obtendrá en el Nirvana... La amo, estoy enamorado de ella... Golpetea mi brazo con su dedo delgado, cosa que adoro... Trato de recordar mi lugar y mi posición en la eternidad. He jurado renunciar a ser lujurioso con las mujeres... He jurado renunciar a la lujuria en nombre de la lujuria... He jurado renunciar a la sexualidad y a mis impulsos inhibitorios... Quiero entrar en el Flujo Sagrado y en mi camino llegar a salvo a la otra orilla, aunque me gustar­a darle un beso a Tristessa para que escuchara mi corazón. Ella sabe que la admiro y amo con todo mi corazón y que me he estado conteniendo. "Tú eres dueño de tu vida", le dice a Old Bull, "yo de la m­ía y Jack de la suya", dice, señalándome, liberándome de compromisos, sin lanzar reclamos como harán muchas mujeres a quien uno ama...

Parece una mujer sabia, agraciada por la multitud de Bhikshunis en los tiempos de Yasodhara, que la erige en monja divina. Con sus párpados ca­dos y sus manos juntas parece una Madona. Lloro al pensar que Tristessa nunca ha tenido un hijo y que posiblemente nunca lo tendrá debido a su adicción a la morfina (adicción que avanza tanto como la necesidad, la abstinencia y lo que sustituye la necesidad, por lo que gime de dolor todo el día, su dolor es real: abscesos en el hombro o neuralgia a un lado de la cabeza; en 1952, justo antes de Navidad, estuvo a punto de morir). Tristessa sagrada no sera objeto de una futura reencarnación, irá derecho hacia Dios, quien la recompensará con miles de millones de eones y eones para abolir su Karma. Ella entiende el Karma. Dice en español: "Todo lo que hago, después lo cosecho. Los hombres y las mujeres cometen errores, faltas, pecados." Los seres humanos crean su propio universo de problemas y tropiezos sobre las piedras de su propia imaginación falsa y errónea, la vida es dura. Ella lo sabe, yo lo sé, tú lo sabes... "Pero lo que quiero es meterme morfina y no volver a enfermarme." Y dobla sus codos con su cara de campesina, entendiendo las cosas de tal modo que yo no... y mientras la miro fijamente, la trémula flama de la vela se refleja en los huesos superiores de sus mejillas, de tal modo que me parece tan bella como Ava Gardner, incluso más que una Ava Gardner negra, que una Ava morena de cara grande, largos huesos, grandes párpados ca­dos... Tristessa no tiene una expresión sexy, la tiene de India con cara sentimental y boca caí­da y desdeñosa, por eso pienso que su belleza es perfecta. Sin la perfección del tipo de Ava, con sus carencias y defectos, pero sobre decir que todos los hombres y mujeres los tienen, y que todas las mujeres deben perdonar a los hombres y los hombres a las mujeres y que todos siguen sus propios caminos sagrados hacia la muerte. Tristessa ama la muerte... Se dirige a la imagen de la Virgen, arregla las flores y ora, se inclina ante un sandwich y sentada al estilo birmano sobre la cama (rodilla contra rodilla) (abajo) (sentada), reza mirando de lado a la Virgen, luego pronuncia una larga oración a Mar­ía agradeciéndole la comida, pidiéndole que la bendiga, y en respetuoso silencio yo espero y veo de reojo a El Indio, quien en actitud devota está a punto de echarse a llorar y cuyos ojos, debido a la droga, lagrimean con reverencia, especialmente cuando Tristessa se quita las medias para taparse con las cobijas de la cama...

Aunque el pinchazo me ha ca­ído bien y aun cuando no he tocado una botella desde entonces, una especie de cansada alegr­a se ha apoderado de m­í con enorme fuerza... La morfina ha aminorado mis preocupaciones pero no seguiré consumiéndola porque me debilita las costillas... Deberí­a golpearlos... "No quiero más morfina después de esto", prometo, deseando no continuar con estas pláticas acerca de la droga... Después de escucharlos a intervalos, finalmente ya me hartaron.

* * *

Desciendo por la salvaje calle de Redonda, bajo una lluvia que no ha dejado de caer, me abro paso cuidándome de las escenas escabrosas que observo, de los cientos de prostitutas alineadas a lo largo de los muros de la calle de Panamá frente a sus cuartos hundidos, donde una gran mamacita está sentada junto a unos grandes trastes de cocina para guisar puerco; cuando me voy hablan acerca del puerco mostrando cómo es la cocina y la comida... Los taxis merodean, los conspiradores se pierden en la oscuridad, las prostitutas se arrinconan en la noche haciendo señas con los dedos que parecen decir "acércate", los jóvenes pasan y les echan un vistazo... Cogidos del brazo, una multitud de jóvenes mexicanos chacotean en la calle donde están las chicas, como si estuvieran en el Casbah. A ellas el pelo les cae sobre los ojos, borrachas, sus piernas son largas y morenas, cuando pasan los jóvenes les agarran sus ceñidos trajes amarillos, les golpean la pelvis, les jalan las solapas, les imploran, ellos dudan qué hacer... Más allá de la calle, los policí­as caminan despreocupadamente, parecen pequeños patos con ruedas avanzando invisibles de un lado a otro de la acera... Echo una mirada hacia el bar en el que los niños bostezan y otra hacia el bar de los maricas y jóvenes que se prostituyen, y en donde actores con suéteres de cuello de tortuga bailan como arañas danzas de putas para un grupo de viejos criticones de 22 años de edad... Luego miro ambos antros y veo el ojo del criminal, del criminal en el Cielo... Me abro paso entre la gente para observar la escena, balanceando la mochila donde guardo una botella, me muevo abruptamente y mientras camino les echo a las putas unas miradas igual de abruptas, y ellas desde sus sórdidos pasillos me env­ían convencionales mensajes de desdén... Me muero de hambre, comienzo a comerme el sandwich que me dio El Indio, que en un primer momento rechacé para dárselo al gato, pero como El Indio insistió tanto en que era un obsequio lo acepté, y ahora respiro hondamente tomándolo con delicadeza mientras camino por la calle... Observo el sandwich y comienzo a comérmelo... Me lo termino y recorriendo los distintos puestos donde gritan: "joven!" me compro unos tacos de hí­gado hediondo y de salchichas en trozos, con cebolla negra y blanca, que humean calientes y grasosas y que crujen sobre una parrilla colocada al revés... Pruebo las picosas salsas que devoran mi boca y la llenan de fuego, y me voy rápidamente... Pero luego me compro otro taco, otro más, dos de carne de res machacada en una tabla, de cabeza y todo lo que se le parece, de pedazos de granos y cartí­lagos. Todo está revuelto sobre una asquerosa tortilla y sazonado con sal, cebolla y hojas verdes... Picado... Si el puesto es bueno resulta un delicioso alimento... Los puestos están alineados 1,2,3, en fila sobre casi un kilómetro de la calle, trágicamente iluminados con velas, tétricos focos y faroles extraños. Todo México es una Aventura Bohemia que sucede en el desnudo y enorme valle nocturno de piedras, velas y niebla... Camino por la Plaza Garibaldi, donde la polic­ía acecha, bizarros tumultos de gente se aglomeran en las angostas calles alrededor de apocados músicos que tocan débilmente sus trompetas cerca de las banquetas... Las marimbas resuenan en los grandes bares... Confundidos entre sí­, hombres ricos y pobres con sombreros de ala ancha salen por las puertas de dos hojas a escupir pedazos de cigarro y con sus enormes manos se golpean los genitales como si fueran a arrojarse a un arroyo helado... Culpable... Más allá de las calles aledañas, mort­íferos autobuses avanzan y se contonean al pasar sobre hoyos llenos de lodo... en la oscuridad brillan luminosos los vestidos amarillo chillón de las putas... grupos de amantes permanecen inclinados o parados contra los muros de la amada noche mexicana... hermosas muchachas de todas las edades pasan por la calle, algunos gordos chistosos y yo volteamos nuestras cabezotas para observarlas... son demasiado bellas como para aguantarse las ganas...

Deambulo por la oficina de Correos, cruzo al final de la Avenida Juárez, el Palacio de Bellas Artes está hundido muy cerca... Me dirijo a San Juan de Letrán y camino con rapidez 15 cuadras, deteniéndome en un lugar donde hacen deliciosos churros cortando trozos de harina fresca y que luego frí­en con azúcar y mantequilla en una olla llena de aceite caliente; me los como recién hechos mientras contemplo la noche peruana delante de los enemigos de la calle... Aqu­í se reúnen toda clase de enloquecidas bandas, cuyos alegres jefes se drogan y usan estrafalarios sombreros escandinavos de lana para esquiar sobre su parafernalia y sus cortes de pelo estilo pachuco... Un d­a que pasé por aqu­í, el lí­der de una banda callejera de niños estaba vestido de payaso, con una media de nylon en la cabeza y grandes cí­rculos pintados en la cara; los niños más chicos intentaban imitarlo poniéndose también ropa de payaso gris, pintándose los ojos de negro y luciendo rizos blancos. Como jockeys en un gran hipódromo, la pequeña banda de pinochos heroicos (y de Genet) hací­an sus cosas en la esquina de la calle; un muchacho más grande bromeaba con el Héroe Payaso: "¿Por qué payaseas, héroe payaso? ¿No encuentras el Cielo por ninguna parte?" "No hay ningún Santa Claus para los payasos héroes, chavo loco..." Otras bandas de pseudo-adictos se ocultan frente a los bares nocturnos que producen un gran alboroto... y yo paso volado por ahí­, echando a todo este embrollo una vertiginosa mirada a lo Walt Whitman... Comienza a llover fuerte, ya he caminado bastante con mi pierna adolorida bajo la copiosa lluvia, no tengo ni oportunidad ni intenciones o lo que sea de tomar un taxi, el whisky y la morfina me han vuelto inmune a la enfermedad que produce el veneno que supura mi corazón.

Camino con dificultad, dando tumbos, borracho, desolado, tambaleándome sobre la precaria y resbaladiza banqueta llena de aceite vegetal de Tehuantepec, banqueta verde llena de invisible espuma agusanada que se eleva... Unas mujeres muertas se esconden en mi cabello, pasando debajo de un sandwich y una silla... "¡Están locos! le gritó en inglés a la gente. No tienen la menor idea de lo que hacen en esta eterna torre con campanas que se columpia contra los t­íteres de Magadha, de Mara, del Tentador, locos... Todos ustedes estiran, aflojan, regatean y compran... y se frustran y mienten... pobres tipos desmadrados arrastrados por los flujos del desfile de su nocturna Calle Principal, no saben que el Señor con su vista todo lo organiza. Incluyendo su muerte. Nada sucede que el Señor con su vista todo lo organiza. Incluyendo su muerte. Nada sucede, yo no soy yo, ustedes no son ustedes, los inconmensurables no son ellos y el mismo infinito no existe."

Rezo sobre los pies del hombre y como ellos espero.

¿Como ellos? ¿Como el hombre? ¿Como él? Él no existe. Sólo existe la divina e impronunciable palabra divina. Que no es una Palabra sino un Misterio.

Al final de San Juan de Letrán están unos últimos bares rodeados de tétrica niebla, con los adobes rotos, sin malvivientes ocultos, construidos con madera, malsanos y húmedos, con el drenaje visible y charcos y zanjas de metro y medio llenas de agua en el fondo... Unos edificios empolvados chocan contra la luz de la ciudad... Observo las tristes puertas de estos últimos bares donde se reflejan los encajes dorados y brillantes de las mujeres, me siento como si volara en un jet, como pájaro en pleno vuelo. Unos jóvenes están en el pasillo, vestidos con trajes harapientos; en el interior el conjunto toca un chachachá, al compás de la música enloquecedora los jóvenes se golpean las rodillas curvándose y quejándose, todos en el bar bailotean.

Cuando me alejo de estos bares comienza a llover en serio, corro tan rápido como puedo hasta dar con un enorme charco que finalmente salto y cruzo mojándome por completo... La morfina me proteje de la humedad, mi piel y mis miembros están entumecidos... Como un niño que esquí­a en invierno, se cae en el hielo y corre a su casa con los esqu­ís debajo del brazo para no resfriarse, me abro paso entre la lluvia panamericana mientras arriba se escucha el tremendo rugido de un avión de Pan American que desciende al aeropuerto de la ciudad de México con pasajeros de Nueva York que buscan que sus sueños tengan un final diferente.

Llego a la encantadora calle de Orizaba (después de pasar por unos anchos y lodosos parques cerca del Cine México y por la triste calle del tranví­a llamada General Obregón, en plena noche lluviosa, con rosas en los cabellos de su madre). En la calle de Orizaba hay un parque verde en forma de glorieta, con una maravillosa fuente en el centro rodeada de espléndidas residencias construidas de piedra, vitrales, antiguas rejas y adorables y majestuosas volutas gargoleadas, que al verlas a la luz de la luna se mezclan con la magia de la arquitectura de los jardines españoles (si se puede hablar de arquitectura), casas diseñadas para pasar noches maravillosas en su interior. Pretenden ser andaluzas. A las dos de la mañana la fuente no arroja agua, pero es como si lo hiciera, debido a la lluvia torrencial que cae...

Es la triste y lluviosa noche que se ha apoderado de mí... Por mi cabello escurre agua, mis zapatos están empapados... Traigo puesta una chamarra que está completamente mojada por fuera, pero a su interior no entra agua... Me dirijo a casa, paso junto a una panader­a que a las dos de la mañana ha dejado de hacer donas y veo las trenzas fuera de los hornos... A través de unas ventanas te venden las donas remojadas en miel a dos centavos cada una; de niño hubiera comprado canastas llenas... Pero ahora la panader­a está cerrada y en esta lluviosa y desolada noche de la ciudad de México no hay rosas ni donas recién hechas. Cruzo la última calle, lentamente, relajándome, soltando el aire de mis pulmones, distensando mis músculos, y llego a mi casa, no sé si muerto, con la intención de dormir dulcemente como los ángeles blancos.


Traducción: Jorge Garcí­a-Robles





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