EL AÑO DE LA CONFLUENCIA MENTE-UNIVERSO

LA TIERRA YA EMITIÓ SU VEREDICTO...


26 dic. 2009

JACK KEROUAC Y LA TRISTESSA




Jack Kerouac
Tristessa, por favor vete lejos

28-Mayo-07

Jack Kerouac estuvo alguna vez enamorado de una prostituta mexicana a quien nunca tocó. Le parecía hermosa, apetecible, pero su empecinamiento en seguir al pie de la letra ciertas enseñanzas del budismo zen le impedía acercarse a mujer alguna. Sólo su alcoholismo desenfrenado logró filtrarse en sus entrañas para alejarlo de la espiritualidad y recordarle que no era más que un ordinario hombre repleto de contradicciones. Pero su amor por Esperanza Villanueva fue auténtico, desesperanzado y total.


Esperanza es Tristessa. Jack la conoció en alguna de sus visitas a México por medio de un viejo amigo de Burroughs, Bill Garver, quien se convirtió de inmediato en su proveedor de sustancias. De hecho, Jack buscó a Bill porque buscaba morfina. Así volvió a toparse con esa morena que lo idiotizaba; con su “reina autóctona”, como él la llamaba.

La idolatría por momentos inexplicables de Jack hacia Tristessa cobra sentido al descubrir la imposibilidad de ambos personajes de comunicarse a través de un lenguaje ordinario, basado en palabras. Él con su elemental español y ella con una serie de frases memorizadas en inglés parecieran encontrar un vínculo mucho más intenso en sus acciones, reforzado por el dolor, la adicción y sus ímpetus autodestructivos.
Resulta difícil imaginar otra forma de alma gemela para un beat. Para un tipo que, ebrio y solitario, anhelaba la beatitud retorcida proporcionada por un ser supremo.

Precisamente su interés religioso, el mismo por el que muchos intelectuales lo juzgaron y se alejaron de él, representaba uno más de sus lazos silenciosos con Tristessa. Ella rezaba a la Virgen de Guadalupe con tal devoción que a Jack no le quedaba más que admirarla hasta seguir embelesado observándola mientras se quitaba las medias con una cadencia femenina que lo ponía a sus pies, tal como él lo narra en la novela.


Tristessa
(Mondadori, 2007) transcurre en las calles del Distrito Federal de mediados de los cincuenta. En la colonia Roma. En un cuarto de azotea en la calle de Orizaba. Las descripciones de Kerouac corresponden a la visión del extranjero turbado ante una ciudad tan caótica que a fin de cuentas le resulta ilegible. Las luces neón, la basura desparramada, la ropa desgarrada de los indígenas que caminan a su lado y el ruido de los que a su parecer son mortíferos autobuses terminan por dejarlo sin palabras para describir la miseria.

En algunos pasajes de la novela, Jack está asqueado, aterrado, a punto de dejarlo todo, pero el whiskey, la morfina y la extraña compañía de una mujer de piel de bronce recobran su ánimo y lo impulsan a seguir hacia una muerte secretamente anhelada.
Tal como lo señala Jorge García Robles en la presentación de Tristessa, el interés que en la vida real Kerouac sentía por Esperanza Villanueva se derivaba de la proyección que de su persona hacía respecto a ella. Esperanza era su otro yo femenino. Ambos sentían que la muerte y no la vida era el polo magnético que ineludiblemente los arrastraba. Lo que existe por lo tanto en la novela es una compleja forma de amor, o quizás sólo el cariño y la ternura provocadas en Kerouac al contemplar su patético reflejo.

La estructura narrativa de la novela es equivalente al zigzagueo callejero provocado por la embriaguez perpetua del protagonista. Pero es también, claro está, beat en su esencia: impulsiva, desobediente y torpe. Una torpeza que materializa la idea que Neal Cassady le planteara en una carta a Jack en 1948: “Siempre he creído que, cuando uno escribe, debería olvidar las reglas, los estilos literarios y otras pretensiones por el estilo (…). Creo que uno debería escribir, en la medida de lo posible, como si fuera la primera persona sobre la tierra”. (La Tempestad 52, enero-febrero 2007)

Tristessa es, a fin de cuentas, una escritura con una intensidad pasional extraordinaria.
Y claro, es justo en ese rasgo en el cual radica la gran virtud de los beats: no había escapatoria. La generación beat fue un grupo de víctimas de posguerra, con la fortuna de la trascendencia que su poética les permitió.

No hicieron más que seguir sin remedio los pasos de aquellos jóvenes europeos que buscaron significar una fuerza desintegrante ante la ceguera nacionalista que los rodeaba. Dadaísmo, surrealismo, Tristan Tzara, William Burroughs; las formas y los nombres que adoptó el desaliento y el sinsentido trasladado al arte durante el siglo XX parecen perderse ante un hecho ineludible: era la única salida.


Vicente Antonio



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